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martes, 1 de abril de 2014

LAS PROMESAS NUCLEARES ROTAS A UCRANIA




Muchos ucranianos ahora se arrepienten de haber cedido su defensa nuclear.

Alguna vez, Ucrania se jactó de tener el tercer arsenal nuclear más grande del mundo. Como consecuencia de la caída de la URSS en 1991, las autoridades de la recién independiente Kiev se hallaron en posesión de 176 lanzadores de misiles balísticos intercontinentales (MBIC) y 1240 ojivas nucleares, junto con más de 3000 armas nucleares tácticas.

Temerosos de las intenciones rusas, los ucranianos no tenían prisa en entregar sus armas de destrucción masiva. Occidente, igual de temeroso de que las armas nucleares pudiesen caer en manos equivocadas después de que los ucranianos empezaron a vender tecnología de misiles balísticos a Irán en 1992, se apresuraron a desarmar a las recién nacidas repúblicas postsoviéticas.

Bill Clinton, Boris Yeltsin, John Major y Leonid Kuchma —entonces líderes de EE UU, Rusia, el Reino Unido y Ucrania, respectivamente— firmaron un acuerdo el 5 de febrero de 1994, en el que se garantizaba la seguridad de Ucrania a cambio de que esta regresase el control de sus MBIC a Moscú. Los últimos misiles SS-24 salieron de territorio ucraniano en junio de 1996, dejando a Kiev indefensa ante su vecino con plenitud de armas nucleares.

Ese acuerdo, conocido como el Memorándum de Budapest sobre Garantías de Seguridad, no fue un tratado formal sino un memorándum diplomático de entendimiento. Aun así, los términos no podían ser más claros: Rusia, EE UU y el Reino Unido aceptaban “respetar la independencia y soberanía y las fronteras existentes de Ucrania… reafirmar su obligación de abstenerse de amenazar o usar la fuerza en contra de la integridad territorial o la independencia política de Ucrania, y que ninguna de sus armas sería usada jamás en contra de Ucrania”.

Veinte años después, los políticos de Kiev se arrepienten amargamente de la decisión de confiar en la palabra de Washington y Londres. “Cedimos nuestras armas nucleares a causa de este acuerdo”, dice Pavlo Rizanenko, parlamentario ucraniano, excampeón mundial de boxeo y miembro del Partido UDAR del candidato presidencial Vitali Klitschko. “Ahora en Ucrania hay una sensación fuerte de que cometimos un error grave”.

Moscú dice que no ha violado el Memorándum de Budapest. Los medios de comunicación estatales rusos afirman que los aproximadamente 20 000 soldados con uniformes sin insignias que ahora rodean las guarniciones del ejército ucraniano en Crimea son “unidades locales de autodefensa” y no soldados ordinarios del ejército ruso. La semana pasada, Vladimir Putin dijo a los periodistas que “cualquiera puede comprar uniformes rusos en una tienda”.

Pero pocos fuera de Rusia —mucho menos EE UU o el Reino Unido— se tragan esa forma diplomática de tapar el sol con un dedo. “Si de verdad esta es una invasión rusa a Crimea, y si concluimos que el memorándum [de Budapest] es legalmente vinculante, entonces es muy difícil evadir la conclusión de que vamos a entrar en guerra con Rusia”, dijo Sir Tony Brenton, quien fue el embajador británico en Moscú de 2004 a 2008, a la BBC el 15 de marzo.

Lo que está claro es que Rusia, anexándose de facto a Crimea, no solo viola la integridad territorial de Ucrania, también, lo cual es más preocupante, va en contra de los acuerdos de no proliferación mundiales. Retirar las armas nucleares de la extinta Unión Soviética fue uno de los triunfos más grandes y no reconocidos de la presidencia de Clinton. Si no se puede confiar en la palabra de EE UU y el Reino Unido, negociada por la ONU, muchos diplomáticos temen que haya pocas esperanzas de hacer que países en el umbral nuclear, como Irán, respeten el Tratado de No Proliferación.

“Todos creían que, para bien o para mal, Estados Unidos sería la policía del mundo”, dice Rizanenko. “Ahora, el Presidente Obama está renunciando a esa función, y a causa de ello es que Rusia invadió Crimea”. En pocas palabras, la lección de Crimea es, según Rizanenko, “si tienes armas nucleares, la gente no te invade”.

“Hay un grave peligro de dar mensajes confusos”, dice una alta fuente diplomática cercana a las negociaciones extraoficiales entre EE UU, Irán y China del año pasado. “Los estadounidenses dicen: cesen su programa nuclear y nosotros garantizaremos su seguridad. Pero los iraníes pueden decir: ustedes ya les dijeron eso a los ucranianos, y vean lo que les pasó”.

También hay otro peligro, el de minar la estabilidad básica del mundo de postguerra, la cual está basada, según el Artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas, en lo inadmisible de “recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado… y el no reconocimiento de una adquisición de territorio como resultado de una amenaza o el uso de la fuerza”.

El 15 de marzo, Rusia vetó una resolución con una redacción muy fuerte en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que inequívocamente condenaba las acciones rusas en Crimea. China, que desde hace mucho es aliada de Rusia en el Consejo de Seguridad, se abstuvo.

Hay otro tratado, todavía más detallado y vinculante, al que desafían las acciones rusas en Crimea. En 1975, la Unión Soviética firmó los Acuerdos de Helsinki, los cuales obligaban a los principales actores de la Guerra Fría a respetar las fronteras internacionales de uno y otro.

Los soviéticos presionaron para que se firmase el tratado porque temían que Occidente tratase de persuadir a Alemania Oriental de reunirse con su próspero vecino occidental. Ellos asentaron un principio fundamental de que las fronteras internacionales no se podían trazar eficientemente alrededor de las diferentes comunidades étnicas de Europa.

Al abandonar las normas de los Acuerdos de Helsinki, Putin ha abierto a debate toda la estructura de seguridad postsoviética en la región. Ello podría abrir múltiples cajas de Pandora. Rusia ya ha empezado a sembrar cizaña en Moldavia, usando a la minoría gagauza, la cual favorece a Moscú, para que se oponga a su acuerdo de asociación con la Unión Europea, así como apoyar a los serbios en su resistencia a una nueva unión política en la República Srpska de Bosnia.

Si el plan de Putin en verdad es volver a trazar los mapas del antiguo Imperio Soviético usando los derechos de comunidades étnicas rusas oprimidas, podría mirar hacia Kazajstán, que tiene un 40 por ciento de población rusa, al igual que Letonia, la cual es miembro de la OTAN y la Unión Europea.

Narva, Estonia, también tiene una gran e inquieta mayoría rusa. “Hay un crisol de nacionalidades en el este y oeste de Europa”, dijo Radoslaw Sikorski, ministro del exterior de Polonia, a CNN. “Hallamos maneras de resolver estos problemas y por lo regular nos llevamos muy bien. Esta es la manera en que ha funcionado hasta ahora”.

Pero ya no, al parecer. Sin embargo, ¿Putin estará listo para lidiar con las peticiones de independencia dentro de la misma Rusia? ¿Desde las repúblicas musulmanas de Tartaristán, Daguestán y Chechenia, o de la siberiana República de Sajá, rica en petróleo y diamantes?

En el ínterin, mientras la Casa Blanca denunciaba el referendo del domingo en Crimea como “peligroso y desestabilizador” y como una “violación de la ley internacional”, los medios de comunicación rusos redoblaron su retórica antiestadounidense en casa. “Rusia es el único país en el mundo listo para convertir a EE UU en ceniza radioactiva”, dijo el locutor televisivo Dmitry Kiselyov, un presentador del canal Rusia Uno de propiedad estatal.

El mismo canal transmitió una discusión entre el experto favorecido por el Kremlin, Aleksandr Dugin, y el escritor nacionalista Aleksandr Prokhanov, quienes concluyeron que los 70 000 manifestantes antibélicos que salieron a las calles de Moscú el sábado eran “traidores”. La semana pasada, una carta de apoyo a las acciones de Putin en Crimea fue firmada por 200 altas figuras culturales —incluido el director de cine, ganador del Oscar, Nikita Mikhalkov—, una práctica para obligar a la gente a declararse a favor o en contra del régimen que se tomó prestada de la época stalinista.

Putin también ha actuado con rapidez y sin compasión para extinguir los últimos estertores de oposición local en los medios de comunicación y para reprimir la libertad de internet. Una nueva ley redactada por Andrei Lugovoi —nombrado por la policía británica como el principal sospechoso del envenenamiento con polonio de Alexander Litvinenko en 2007, y que ahora es un diputado de la Duma— permite que sitios en la red sean cerrados sin previa orden judicial por llamar a mítines no autorizados. A la fecha, media docena de medios en línea moderadamente opositores han sido bloqueados, y los dueños de medios independientes que todavía operan han actuado con rapidez para despedir a editores que son poco menos que leales hasta lo servil con el Kremlin.

Los medios controlados por el Kremlin presentan la acción decisiva de Putin en Crimea como una victoria enorme, mientras Occidente se retuerce las manos y Ucrania se sume en la debilidad y disfunción política. Lo cierto es que Putin se ha embarcado en un curso que podría resultar tremendamente desestabilizador para la arquitectura de seguridad mundial, y que podría rebotarle fatalmente en su propio país multiétnico.

1 comentario:

  1. Ucrania y los países ex-soviéticos tiene que construir sus armas nucleares, asi el imperio ruso no los agredira mas.
    Lo mismo que hizo norcorea con eeuu, e Israel con los árabes.

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