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martes, 25 de junio de 2019

Encuentro tripartito de alto nivel ‎en Jerusalén‎

por Thierry Meyssan

En Jerusalén se anunció un importante encuentro entre los consejeros de seguridad de ‎Estados Unidos, Israel y Rusia. Los participantes tendrían como objetivo desenredar ‎la complicada madeja alrededor del Eje de la Resistencia, garantizar ‎la seguridad de todos los Estados del Medio Oriente y establecer un control ‎compartido entre Estados Unidos y Rusia sobre todos los demás actores‎, incluyendo a Israel. ‎



Une reunión crucial entre los tres consejeros de seguridad nacional de Estados Unidos, Israel ‎y Rusia tendrá lugar en Jerusalén durante este mes de junio. Este acontecimiento inédito ya ha ‎dado lugar a una serie de «revelaciones» y «desmentidos» sobre los temas que estarán sobre ‎la mesa. Casi todos los comentaristas están disertando a partir de ideas falsas que todo ‎el mundo repite a coro. Es necesario rectificar esas elucubraciones antes de tratar de evaluar ‎lo que está en juego en ese encuentro. ‎

El juego de las Grandes Potencias en el Medio Oriente

Durante la guerra fría, la estrategia estadounidense de containement o «contención» aplicada ‎frente a la URSS logró en efecto rechazar la influencia soviética en el Medio Oriente. Después del ‎derrumbe de la URSS, Rusia abandonó esa región y no regresó a ella hasta el momento de la ‎guerra de las potencias occidentales contra Siria. ‎

Pero la presencia rusa en el Levante –exceptuando el paréntesis registrado desde 1991 hasta ‎‎2011– data de los tiempos de Catalina la Grande, o sea la emperatriz Catalina II de Rusia, quien ‎envió su flota a defender Beirut, a pedido de la población de esa ciudad. La política de Catalina ‎la Grande apuntaba primeramente a proteger la cuna del cristianismo –que no es Jerusalén sino ‎Damasco, la capital siria–, por ser el cristianismo la base misma de la cultura rusa. Rusia ‎extendió así su influencia en el Mediterráneo oriental y logró llegar hasta las aguas del Océano ‎Índico. ‎

En 2011, Rusia fue el único país del mundo capaz de distinguir la diferencia entre las revoluciones de ‎colores del Magreb –las llamadas «primaveras árabes»– y las guerras desatadas contra Libia ‎y Siria. Los países occidentales, que hacen su propia interpretación de aquellos acontecimientos, ‎no se han esforzado nunca por tratar de entender cómo los ve Rusia. ‎

No se trata en este trabajo de determinar quién tiene la razón y quién se equivoca –eso es un ‎tema diferente [1]– sino de admitir al menos que existen dos interpretaciones totalmente ‎diferentes. Vale la pena destacar que los occidentales están de acuerdo en que Moscú ‎nunca aceptó la manera como ellos violaron la resolución del Consejo de Seguridad ‎supuestamente destinada a proteger a las poblaciones civiles en Libia. Implícitamente, ‎los occidentales reconocen así que no son los rusos sino el imperialismo occidental quien creó el problema que hoy enfrentamos. ‎

Basándose en su propio análisis, Rusia comenzó a utilizar su derecho al veto contra los proyectos ‎de resolución que los países occidentales trataban de imponer contra Siria en el Consejo de Seguridad de ‎la ONU. Simultáneamente, y a solicitud de Siria, Rusia negoció con el gobierno sirio el despliegue ‎en suelo sirio de una fuerza de paz de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC). ‎Sin embargo, Washington y Moscú pactaron en Ginebra –en presencia de las naciones ‎occidentales y sin la participación de actores del Medio Oriente– una repartición de esa región. ‎Eso sucedió en junio de 2012. Pero lo que parecía una luna de miel duró sólo unos días, antes de ‎que Francia viniera a romperla, en contubernio con la secretaria de Estado estadounidense Hillary ‎Clinton. ‎

Siete años después, Moscú está reclamando el respeto de los compromisos rotos de aquella ‎época. No fue la OTSC sino Rusia la que desplegó fuerzas militares en Siria y, junto al Ejército ‎Árabe Sirio y el Hezbollah, derrotó a los yihadistas, armados por Washington y sus aliados [2]. Y los reclamos rusos también van dirigidos a Israel, donde un ‎millón de rusoparlantes ostentan la nacionalidad israelí y uno de ellos, Avigdor Lieberman, acaba ‎de hacer caer, por segunda vez consecutiva, el gobierno de Benyamin Netanyahu [3].‎

Este giro de los acontecimiento resulta difícil de admitir para quienes se mantuvieron dentro de la ‎alianza Estados Unidos/Israel que caracterizó la era de George Bush hijo. Sin embargo, el hecho ‎es que desde que el Emirato Islámico (Daesh) fue derrotado, los emisarios de las autoridades ‎israelíes han viajado más frecuentemente a Moscú que a Washington. ‎

El juego de las potencias regionales ante Israel

Existe una supuesta “verdad” comúnmente aceptada según la cual las fuerzas del «Eje de la ‎Resistencia» (Palestina, Líbano, Siria, Irak, Irán) se plantean como objetivo acabar con los ‎israelíes, como los nazis que trataron de exterminar a los judíos durante la Segunda Guerra ‎Mundial. Eso es sólo una transposición de papeles simplemente grotesca. ‎

En realidad, el Hezbollah es originalmente una red chiita de resistencia contra la ocupación israelí ‎del Líbano. Esa red comenzó recibiendo armas proporcionadas por Siria pero, a partir de 2005 y ‎de la retirada de la fuerza siria de paz desplegada en Líbano, es de Irán que ha recibido su ‎armamento. El objetivo del Hezbollah nunca fue «echar los judíos al mar» sino que siempre ha ‎proclamado, por el contrario, su intención de lograr la igualdad de derechos para todos. ‎La ocupación israelí en Líbano fue una realidad que sobrepasó incluso la voluntad del gobierno de ‎Israel, que se vio desbordado por la iniciativa del general Ariel Sharon de lanzarse a la toma de ‎Beirut, y fue también resultado de la colaboración de milicias cristianas y drusas, como las de ‎Samir Geagea y Walid Joumblatt.‎

Idénticamente, Siria reaccionó ante el expansionismo israelí defendiéndose, en primer lugar, y ‎luego prestando ayuda a las poblaciones palestinas. Eso es totalmente legítimo, sobre todo ‎teniendo en cuenta que, antes de la Primera Guerra Mundial, Palestina y Siria fueron una sola ‎entidad política ‎ [4]‎. Nadie pone en tela de juicio –ni siquiera Estados Unidos– que durante 70 años ‎Israel siempre ha seguido arrancando territorios a sus vecinos y que aún hoy sigue haciéndolo. ‎

Desde el inicio de la guerra fría, Estados Unidos –inmerso en su política de «contención» contra ‎la URSS– estuvo perfectamente consciente del expansionismo israelí, que daba al traste con la ‎estabilidad de la región. Teniendo en cuenta ese factor, Estados Unidos armó a Siria para que ‎estuviese en condiciones de hacer frente a Israel –pero no de atacarlo– e hizo lo mismo con otras fuerzas ‎regionales, como Irak [5]. De hecho fue el entonces secretario de Estado, John ‎Foster Dulles, quien creó el «Eje de la Resistencia», garantizando así que Siria e Irak ‎no recurrieran a la Unión Soviética para defenderse y obtener ayuda militar soviética. ‎

La administración Eisenhower sabía que Israel había sido creado por voluntad del presidente ‎estadounidense Woodrow Wilson y del primer ministro británico David Llyod George [6], pero ‎consideraba el régimen israelí como un caballo loco al que tenía que proteger y domar. ‎

Washington se unió por consiguiente a las iniciativas británicas: la firma del tratado de asistencia ‎militar entre Damasco y Teherán y posteriormente, en 1958, la firma del Pacto de Bagdad, que ‎permitía la creación de la CENTO ‎(Central Treaty Organization, también conocida por las siglas METO, o sea Middle East Treaty ‎Organization, que fue un equivalente regional de la OTAN)‎. El contexto y los actores han ‎cambiado, pero su móvil sigue siendo el mismo. ‎

El caso de Irán es el principal problema de hoy. La mayoría de los dirigentes iraníes no aborda la ‎cuestión de manera política sino desde un punto de vista religioso. Una profecía chiita afirma que ‎los judíos volverán a formar un Estado en Palestina, pero también asegura que ese Estado será ‎rápidamente destruido. El ayatola Ali Khamenei, Guía de la Revolución Islámica iraní, que ve esa ‎profecía como algo fuera de discusión, la menciona periódicamente, como llevando un conteo ‎regresivo, y muy recientemente afirmó que Israel habrá desaparecido en 6 años. ‎

El endurecimiento de las posiciones –en Irán alrededor de la mencionada profecía y en Israel ‎en torno a la ley llamada «Israel, Estado-nación del pueblo judío» (2018), constituye la fuente de ‎continuidad de un conflicto que podría desbloquearse con un poco de inteligencia. Eso es lo que ‎han tratado de hacer el presidente estadounidense Donald Trump y su consejero especial Jared ‎Kushner, pero han fracasado porque, si bien una garantía de desarrollo económico puede resolver ‎la cuestión de las reparaciones o compensaciones a los palestinos, no será posible avanzar hacia ‎una solución sin lograr una evolución en las formas muy diferentes de percibir el mundo que ‎tienen los judíos, los árabes y los persas. ‎

¿Qué es el «Eje de la Resistencia»?

Los responsables religiosos iraníes utilizan a menudo la expresión «Eje de la Resistencia» para ‎referirse a la alianza formada frente a Israel. Pero no existe ningun tratado que dé carácter ‎formal a ese eje. Sus dirigentes nunca realizaron un encuentro cumbre para ponerse de acuerdo. ‎

A partir del momento de la invasión de Irak, en 2003, las fuerzas del «Eje de la Resistencia» han ‎venido dividiéndose poco a poco, tanto que hoy en día sus conflictos internos han cobrado más ‎importancia que su lucha externa. ‎

En 2003 fue asesinado el jefe religioso chiita iraquí Mohamed Sadeq al-Sadr. Con razón o sin ella, ‎sus partidarios atribuyeron la responsabilidad del crimen al Gran Ayatola Ali al-Sistani. Este último ‎en un religioso iraní residente en Irak, donde dirige los seminarios chiitas. La comunidad chiita ‎se dividió poco a poco entre los proiraníes seguidores de al-Sistani y los proárabes seguidores de ‎Moqtada al-Sadr, el hijo del ayatola asesinado. Moqtada al-Sadr cortó sucesivamente las ‎relaciones con Damasco y con Teherán –en 2017– y viajó a Riad –la capital de Arabia Saudita– ‎para reunirse con el príncipe heredero Mohamed ben Salman. ‎

En 2006, aprovechando su victoria local en las elecciones legislativas organizadas en los territorios ‎palestinos, el Hamas dio un golpe de Estado a al-Fatah en la franja de Gaza, donde se proclamó ‎autónomo ‎ [7]‎. En 2012, la dirección política del Hamas, hasta entonces exilada en Damasco, ‎se trasladó inesperadamente a Doha, la capital de Qatar, país que financiaba a los yihadistas que ‎trataban de derrocar el gobierno sirio. El Hamas se declaró incluso «rama palestina de la ‎Hermandad Musulmana», partido político ilegalizado en Siria. Los hombres del Hamas ‎introdujeron agentes del Mosad israelí en la localidad siria de Yarmuk (en los suburbios de la ‎capital siria), donde trataron –actuando en conjunto– de liquidar a los militantes del movimiento ‎palestino adversario FPLP-Comando General (marxista). En definitiva, el ejército sirio tuvo que ‎cercar Yarmuk para evitar que el Hamas avanzara hacia Damasco. Aquella decisión del ejército ‎sirio contó con el respaldo, públicamente expresado, del presidente de la Autoridad Palestina, ‎Mahmud Abbas. ‎

Son absurdas las acciones de las naciones occidentales destinadas a tratar de destruir el «Eje de ‎la Resistencia», cuya existencia desearon en otro momento y a cuya creación contribuyeron. Hoy ‎quieren destruirlo sólo porque ya no pueden controlarlo, pero no vale la pena que traten de ‎acabar con él. Bastaría con que tengan un poco de paciencia porque esa fuerza está diluyéndose por ‎sí misma. ‎

Los iraníes son amigos fieles pero, por razones culturales, tienen tendencia a arrastrar a sus ‎amigos en sus propios problemas. Los sirios nunca expulsarán de su suelo a los iraníes que ‎contribuyen a protegerlos del expansionismo israelí y que los ayudaron a resistir cuando comenzó ‎la agresión externa (en 2011-2014). Pero, en la actual coyuntura, si los iraníes quisieran actuar ‎como verdaderos amigos de los sirios, deberían retirarse de Siria en el plano militar y dejar ese tipo de ‎ayuda en manos de Rusia, para que Estados Unidos se viera obligado a reconocer la legitimidad ‎del gobierno del presidente Bachar al-Assad. En vez de eso, los iraníes están utilizando la ‎presencia de sus tropas en Siria para provocar a Israel con tiros de cohetes desde ‎suelo sirio. ‎

Los tres consejeros de seguridad nacional

El estadounidense John Bolton, el israelí Meir Ben-Shabbat (Israël) y el ruso Nikolai Patruchev, ‎consejeros para la seguridad nacional en sus respectivos países, desempeñan las mismas ‎funciones. Pero no tienen el mismo grado de experiencia. ‎

Bolton está convencido de la superioridad ontológica de su país ante todos los demás. ‎Su experiencia en materia de relaciones internacionales la adquirió, en primer lugar, durante las ‎negociaciones sobre el desarme y fundamentalmente cuando fue embajador de Estados Unidos ‎en el Consejo de Seguridad de la ONU (de 2005 a 2006). Bolton acostumbra a lanzarse en iniciativas espectaculares ‎pero es capaz de retroceder cuando piensa que se ha equivocado. Es precisamente por ‎su capacidad para cargar personalmente con los errores de otros que el presidente Trump lo ha ‎mantenido en el cargo. ‎



Meir Ben-Shabbat es un hombre de fe, convencido de que pertenece a un pueblo elegido de Dios ‎pero maldito. Meir Ben-Shabbat no es diplomático sino experto en contraespionaje. A pesar de eso, cuando ‎dirigía el Shin Bet (la agencia israelí de seguridad general) dio muestras de gran sutileza tanto para ‎luchar contra el Hamas como para manipularlo y negociar con él cuando era necesario. ‎Su excelente conocimiento de las múltiples fuerzas que se mueven en el Medio Oriente ‎le permite comprender instantáneamente lo que tiene posibilidades de durar en el tiempo y ‎lo que va a ser efímero. ‎

Y Nikolai Patruchev es un personaje de la categoría de altos funcionarios rusos. De los tres, Nikolai ‎Patruchev es indudablemente el que tiene la más alta visión del tablero mundial. Como sucesor de ‎Vladimir Putin a la cabeza del FSB (el Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa), ‎Patruchev tuvo que enfrentar los intentos estadounidenses e israelíes de comprar a los principales ‎directores de ese órgano. Luego de varios años de turbulencias, logró garantizar plenamente ‎el control del FSB. Luego tuvo que enfrentar la desestabilización de Ucrania por parte de ‎Estados Unidos y de la Unión Europea, lo cual condujo al regreso de Crimea a la Federación Rusa. ‎Este hombre no negociará sobre un expediente haciendo concesiones en otro sino que velará –por ‎el contrario– por lograr que todas las decisiones sean coherentes. ‎

Estos tres estrategas tendrán que definir los contornos de una redistribución de las cartas, que ‎después será objeto de negociaciones entre los diplomáticos. El papel de los tres consejeros de seguridad nacional será ‎compensar las pérdidas de los perdedores para que se logre llegar a acuerdos aceptables para ‎todas las partes. ‎

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